jueves, 12 de marzo de 2015

Carta a una Mujer Inexistente

Valencia, 15 - 08- 2014


Es extraño escribir a un lector inexistente, quizás es por eso que esto no tiene forma de carta, pero es inevitable querer despedirme de la misma artística manera en la que te creé. Te desdibuje en penumbra, tal cual como te había esperado. De entre todas las voces que eran ruido, la tuya era una melodía triste y ahogada en el tiempo.


¿Por qué me intriga tu existencia? No lo sé, te observo al igual que un cuadro de Frida, ácido, triste y con un toque de dulzura, me deleito entre tus muchas contradicciones, no importa cual humana acción emane de tu mortalidad, desde mi mundo te dibujo cada uno de tus movimientos con la delicadeza de una fría brisa de invierno.


Ese fue el principio del infierno, pero es un suplicio que acepte con gusto, porque bien sabía que el paraíso en donde vivo tiene la consistencia liviana y volátil del helio. Poco a poco te fui creando, lejana y misteriosa. Cambie todo aquello que te llenaba de sombra lo pintaba con luces violetas que matizaban los duros rasgos de tu historia. Me sentía el pintor de mis fantasías aunque bien sabes que la pintura no es lo mío, contigo todo fluyo tan natural como la muerte misma, que aunque quisiéramos detenerla inevitablemente sucede.


Por un segundo pensé estabas lista, así perfectamente humana y equivoca. Olvide entonces que estábamos en mundos distintos y que yo había pintado la obra maestra de la que ahora me sentía el dueño sin yo haber pedido permiso alguno. Siempre me he preguntado el porqué de las cosas, no sé qué me lleva a hacerlo, debe ser el mismo impulso que me hizo crearte, ese con el que logre darle forma a tu mirada, llena de inocencia pero amordazada y atada de manos por un alma que siente que debe ser antagónica con ella misma. Pero contigo fue distinto simplemente disfrute la experiencia de tenerte sin más limitaciones que mi propia rigidez de pensamiento.


Por un momento fuimos uno solo, tan juntos que no sabía dónde terminaban tus trazos y comenzaban los míos, esa sensación de estar en el cielo y volver de un golpe a la vida con el único fin de poder comprender que podía volver allí las veces que quisiera, siempre y cuando soportará lo efímero de tus pigmentos. No pensé nunca en el tiempo, simplemente no lo necesitábamos estábamos por encima de todo lo que conocía, pero el fantasma de la realidad asechaba en el rincón oscuro del fondo, justo a donde no llega la luz de la ventana que llamamos corazón.


Nos cazaba y yo la sentía moverse entre las sombras, como serpiente se deslizaba en el piso, abriendo paso entre mis inseguridades, cortando de un tajo cualquier indicio de esperanza y cauterizando a su paso toda posibilidad de repetir esta divina experiencia que solo puede sentir un ser herido que vuelve al ruedo con la fe de repuesto que guardo en el centro de su razón. No es de extrañarte que sucediera, de hecho ocurrió así, de repente...como suceden las mayorías de las tragedias humanas, un buen día el disolvente de la realidad se llevó los colores de tu rostro escurriendo el violeta por el suelo concurrido de la cotidianidad, el olor del óleo se mezcló con el oxígeno vital de ese mundo, un aire tan común y mundano que asquea los matices de tus voz.


Recordé entonces que yo también soy oxígeno, aire común y mundano el mismo que respira el perro que mira con lastima la muerte del alma de un artista al ver como su obra se disuelve en el agua. Así termine aquí, adorando mi creación, el pintor que ama más a su obra que a su musa está condenado al sufrimiento. El universo me maldijo con una musa caprichosa y aprensiva, cuando llega su luz me inspira y me lleva a mundos irreales en donde pude dibujarte pero al irse como ladrón furtivo arranca a pedazos todo aquello que ha creado. Quisiera encontrar consuelo en tu muerte, el consuelo humano frente a las cosas que no tienen más remedio que terminar, solo así me resignaría a pensar que estas en un lugar mejor y que en algún plano nos encontraremos de nuevo, pero ¿cómo muere algo que no existe? He allí el peor de mis males, algo tan divino que venció a la muerte.




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