Valencia, 17 - 08- 2014
Y allí estaba el, ahogando el tormento de sus pensamientos en un silencio sepulcral, no entiende del todo que está pasando, el pasado y el presente se entre mezclan, tanto que no sabe si la noche es eterna o si el alba acaricia con su brisa su recién nacida resignación. Despierta, no porque desea hacerlo, su humanidad se lo exige. Sí pudiera decidir su futuro escogería vivir en sus sueños, el presente no aguarda nada para él y el futuro es una fantasía con traje de esperanza que aparece para sacarlo cada día de su cama. Tiene meses intentándolo pero sus vanos esfuerzos son tan repetidos como inútiles.
Finalmente algo se levanta de esa cama, no se sabe realmente que decide partir y quien se queda, solo se ve desde el rincón como una figura se desprende de la otra. La habitación se inunda del hedor propio de la hipocresía humana, dentro de la cama queda una mota de luz blanca, tímida y titilante. Ha comprendido mejor que nadie que el mundo en el que vive no tiene espacio para él, es un desafío inmenso su existencia, todo aquel que se topa con el desea extinguirlo pues les recuerda todo aquello que han perdido; además él vive feliz en su cama, un mundo nuevo que parece mas prometedor que el anterior. Cuando la figura finalmente decide salir, el queda solo y por fin se siente libre y pleno, no tiene limitaciones morales ni terrenales pues él está más allá de todo lo conocido en su interior gurda la simpleza y la inocencia de quien nunca ha sido herido. Este colchón individual es tan grande que abarca todo su mundo y le permite soñar con cosas que nadie comprendería. Se desdobla y se reinventa tantas veces como le plazca, siente vive y ama cada instante de su libertad porque sabe que es tan efímera como su existencia.
Repasa en su mente una y otra vez la forma de convencer a la figura de dejarla salir, aun cuando es feliz saltando los montes que forma el edredón de rayas un deseo masoquista aflora cada tanto, impulsando la idea de dejar su mundo y salir a ese que llaman real.
Se pregunta si existen otros como el, si hay alguien viviendo en un sofá, en una mesa o dentro de un baño, no puede resignarse a la idea de estar condenado a la soledad y es que el resignarse o sentirse perdido no está en su esencia esos sentimientos son propios de la figura no dé el. Un pasado constante que reaparece a pedazos, los latigazos de la realidad azotando la espalda de la esperanza, el recuerdo inamovible de lo perdido que extingue la llama del olvido. Todo eso pasa frente a el, son los barrotes de su prisión. Su celador sabe muy bien cómo mantenerlo contento, le brindó un mundo solo para él y en él vive feliz, pero ¿cómo puede una rayo de luz destinado a la plenitud vivir feliz en la soledad? Lo que se ha creado para estar unido a algo no puede existir en la soledad, no porque necesite que alguien lo defina, es que necesita compartirse con alguien más vivir lo divino del contacto de dos seres inocentes y puros, no es un mero capricho simplemente para eso fue creado y allí está la fuente de su sufrimiento.
Las horas pasan escurriéndose por las paredes perfectas e inmaculadamente blancas, no sabe cuánto tiempo ha pasado solo escucha los pasos de algo que se acerca.
La figura entra con su cotidiano escándalo, hoy como siempre no fue un buen día aunque hace el mayor de los esfuerzos para que el resto no lo note, pero aquí en su cama nada puede esconder. Su silencio acostumbrado inunda los pisos fríos de la habitación, la mota se esconde entre los pliegues del edredón, esperando para hacer su entrada. La figura luce cansada de cargar con una alegría ajena, una sonrisa alquilada a la mentira que le permite por ahora vivir sin dar demasiadas explicaciones al mundo el cual no sospecha que solo es la parte de alguien que alguna vez existió, recorre sin sentido los espacios vacíos de la habitación como esperando encontrar algo que no está seguro de haber perdido, agotado de tanto absurdo y contradicciones se recuesta en su cama que lo espera como amante ansiosa para unirse a él por unas cuantas horas.
La figura duerme, sereno como de costumbre, luce tan distinto cuando no pretense sentir algo que no sabe sentir, tan pacifico sincero y efímero como un diente de león en el campo, de un respiro rompe con las cadenas que lo atan y los fragmentos del diente león vuelan ahora con el viento, algo dentro de él despierta aun cuando para el mundo el sigue en su letargo.
Como todas las noches saca su típico escobillón verde, si, verde el color de la esperanza, limpia un poco la entrada de su mente, barre suave pero firmemente todos los restos de su día, lo que hace horas lo atormentaba parece ahora tan burdo que el simple vaivén de un escobillón los hace desaparecer. Enciende el candelabro de la entrada con sus velas perfumadas en canela y abre las puertas de par en par. Una brisa rápida y fría queda con el paso apresurado del consiente que sale corriendo al ver las la luz de las puertas abiertas por un rato deja su despreciada labor, el subconsciente ahora reina en este lugar. La mota sabe que ha llegado su momento es ahora o nunca, siente eso todas las noches pero esta noche es diferente hoy tenía que suceder algo.
La figura desde aquí ya no es tan oscura, caen en el piso recién barrido las capas y armaduras que le dan ese característico tono lúgubre.
Por primera vez ve la forma real de la figura casi tan brillante como el pero tan frágil como el cristal fino. Algo lo atrae y no sabe bien que es, será el día en el que por fin salga libre? Están tan cerca el uno del otro que por un instante parecen uno, ya nada importa al fin podría ser libre y feliz encontrar a otros como el, sentir el roce sincero del amor tocando a su puerta. Está en el cielo y no piensa dejarlo jamás hace años que no tiene tanto control sobre nada y esta era su hora de brillar.
Sin más señal que la luz entrando por la ventada del frente despuntan las luces del alba sacudiendo todo el lugar, ya era tarde y el abrigo de la noche estaba por terminarse. Las puertas de un tirón se cierran y lo encierran en ese mundo nuevo y desconocido, siente miedo y desesperación al ver como la figura toma del suelo sus capas y las viste con una naturalidad nauseabunda, por segunda vez aquella mota siente dolor. Las velas se apagan y lo condenan a una oscuridad asfixiante, la conciencia irrumpe en el silencio y toma el control de todo.
Él se esconde y pretende minimizar su propia existencia solo así tendría alguna oportunidad de sobrevivir. Entonces la figura por fin despierta, se levanta de su cama fría y rebusca entre las sábanas a la mota, siente un alivio nostálgico al no encontrarlo, piensa que por fin se ha dado por vencido y por ello dejo de existir. Hace su rutina como siempre sin ninguna preocupación, mientras que la mota que ahora vive en su mente comprende que nunca será libre y que está condenada a vivir solo en sueños en donde sin quererlo va a atormentarlo por siempre al mostrarle las maravillas perdidas por el miedo al fracaso y al dolor idílico que genera el amor cuando no es correspondido.
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